Un sábado al mediodía cualquiera de octubre. Lugar: el restaurante asíatico que hay al lado de mi casa. Unos niños entre 4 y 7 años rebolotean a nuestro alrededor con muñecas y cochecitos y armando un jaleo considerable mientras los padres conversan.
- Papa.- y le doy vueltas al pollo y al arroz en salsa con el tenedor.
- ¿Qué? -mientras come su arroz tres delicias y ternera saté sin dejar de mirar el plato.
- No voy a tener hijos.- le digo seria.
- ¿QUÉ? - y me mira con los ojos abiertos.
- Pues eso, que no quiero tener hijos.
- Y eso, ¿porqué? - deja los cubiertos sobre el plato, cruza los brazos sobre la mesa, levanta la ceja y me mira desafiante.
- Por eso.- y le señalo a los niños que no dejan de tocar los co***** y de utilizar mi silla como autopista.
- Entonces serás un híbrido que no sirve para nada.- me lo dice serio y mirándome a los ojos, pero volviendo a comer.
- ¿Qué me acabas de llamar?- le digo indignada. Me han llamado de muchas maneras, pero híbrido, nunca.
- ¿Sabes qué es un híbrido?
- Sí, lo sé, una mezcla de algo que no es ni una cosa ni otra.
- Serás como una mula, que es un híbrido de yegua y burro, que no se puede reproducir de ninguna manera, entonces habrás venido al mundo para nada.- me dice casi enfadado.
- Espera. A ver si lo entiendo, ¿me estás instando a que tenga hijos? Esto es muy fuerte.-imagináos mi cara.
- A ver, explícame por qué no quieres tener hijos.
- Pues porque no quiero que me salgan como esos -los niños del restaurante-, y tampoco como los de Supernanny. Se me cae el alma al suelo con sólo pensarlo.
- Ya cariño, pero si todo el mundo pensara como tú el mundo estaría despoblado.- dice medio riendo.
- Lo sé. Pero tengo miedo de hacerlo mal.
- Pero miedo tenemos todos, qué te crees, ¿que yo no tenía miedo cuando os tuve a vosotros?
- Pero me da miedo equivocarme, pensar que lo hago bien y luego darme cuenta que metí la pata. Tengo miedo de llegar a casa tan cansada que no tenga ganas de oir gritos y darle caprichos a mis hijos, para luego darme cuenta de que los he malcriado. No quiero que se conviertan en unos tiranos.- mientras espurgueo la comida, una manía que heredé de mi padre.
- Mira cariño, eso nunca lo sabes, no hay nada que te indique o te haga ver si lo haces bien o mal, sólo puedes confiar en tu instinto y en lo que te dice la razón. Los castigos que de verdad funcionan con los niños, son los que también te duelen a ti.
- Si ya lo sé, pero yo a lo mejor digo ahora "yo nunca dejaré que mis hijos coman bollicaos porque siempre les haré bocadillos para merendar", y luego resulta que me falta tiempo para comprárselos. No sé si me entiendes.
- Pero debes confiar en tu criterio y tus principios, cariño. Por cierto, el Susodicho ¿lo sabe?- levantando de nuevo la ceja y llevándose a la boca más ternera y arroz.
- Sí...
- ¿Y él qué dice de todo esto?
- Pues que él si quiere tener hijos... y que lo de educarlos mal es porque normalmente los padres no van al unísono.- acabo de darme cuenta que se me ha quedado frío el pollo.
- ¿Ves? Si tienes las cosas claras desde el principio no tiene por qué salir mal.
- Supongo que sí...
Creo que finalmente tendré que hacerle caso :)
Dedicado a Betty. Suerte guapa!