Mi madre finalmente se decidió a cambiarlo por los muchos disgutos nos dio. Llevaba años tonteando hasta que finalmente murió en primavera, y fue entonces cuando me di cuenta de que mi vida estaba incompleta sin él. Menuda tontería, pensé, seguro que podemos pasar sin él. Pero no, craso error.
Me di cuenta de que poco a poco me fui apagando, me sentía inútil por no saber qué hacer y me volví más perezosa, hasta que el viernes tuvimos uno nuevo...
¡El horno!
Jajaja...
Estoy loca de contenta, el sábado lo estrené haciendo unas pizzas y ayer con un bizcocho de limón
por el que recibí muchos elogios -y que muy humildemente los atribuí al nuevo aparato-. Se me abre un mundo nuevo de posibilidades. Aunque no lo creáis, en el fondo siempre he querido ser un poco como Bree Van de Kamp -alias la pelirroja de Mujeres Desesperadas, hasta su apellido tiene empaque-, una cocinera excelente y anfitriona encantadora, capaz de hacer tartaletas de limón sin que le caigan gotas de crema en su impoluto delantal, de mantener una conversación interesante sobre cualquier tema, de moverse con una gracia innata mientras llena la copa de vino a su invitado y atenderlo sin que su propia comida se quede fría por estar levantándose trayendo los platos.
Evidentemente, sólo en el aspecto culinario, ya que su vida familiar no ha sido de las mejores ni las más fáciles, pero me recuerda a cuando me metía en la cocina de mi abuela y me decía "Ayúdeme con el huevo, mézclelo con el pino y ponga una cucharada en cada empanada", abría el horno y salía una bocanada de aire abrasador... era como estar en casa.
1 comentarios:
Yo no sabría vivir sin mi horno.
DAría lo que fuera porque fuéramos vecinas. Qué pinta tienen tus recetas chilenas!!
Un besazo
Elly
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